Qué negocio emprender después de los 50: antes de buscar ideas, mira lo que ya sabes resolver

Buscar en Google “qué negocio emprender después de los 50” tiene bastante sentido.

A esta edad, equivocarse no significa lo mismo que a los veinticinco. Quizá tienes un patrimonio que proteger, responsabilidades que no desaparecieron al cumplir años o, simplemente, menos disposición a invertir tres años de tu vida para descubrir que aquello no era lo que querías.

Por eso buscas ideas.

Consultoría. Comercio electrónico. Cursos en línea. Franquicias. Servicios profesionales. Productos digitales. Un negocio desde casa.

El problema es que la misma lista aparece frente a personas que llegan a ella después de vidas profesionales completamente diferentes.

Un contador de 57 años, una directora comercial de 52, un ingeniero de 61 y una médica recién jubilada pueden leer exactamente las mismas diez ideas de negocio.

Difícilmente deberían elegir el mismo.

Antes de preguntarte qué negocio puedes emprender después de los 50, conviene averiguar con qué cuentas realmente para construirlo.

Eso resulta bastante más difícil que hacer un inventario de tu experiencia.

“Usa tu experiencia” puede ser un consejo tan inútil como “échale ganas”

Durante años he escuchado a algunos líderes decirle a su equipo, cuando los resultados no son los esperados:

“Necesitamos echarle más ganas”.

Siempre me ha intrigado qué esperan que haga exactamente una persona después de recibir esa instrucción.

¿Entrecerrar los ojos para concentrarse más? ¿Golpear las teclas con mayor intensidad? ¿Adoptar una expresión especialmente comprometida mientras mira la pantalla?

En el mundo real, “echarle más ganas” suele terminar significando dedicar más tiempo: analizar algo que no habíamos analizado, conseguir información adicional, estudiar lo que desconocemos, revisar nuevamente lo que hicimos o intentar otra alternativa.

La expresión parece indicar una acción, pero no explica cómo ejecutarla.

Con la experiencia profesional ocurre algo parecido.

A quienes pensamos en construir una actividad propia después de los 50 se nos repite constantemente:

“Aprovecha tu experiencia”.

De acuerdo.

¿Cómo?

En ese instante podemos asentir convencidos. Claro que vamos a utilizarla. Para algo habrán servido veinte o treinta años trabajando.

El problema aparece después, cuando estamos solos frente a una hoja en blanco intentando contestar una pregunta bastante menos cómoda:

¿Qué parte de todo lo que aprendí sigue teniendo valor fuera del lugar donde lo aprendí?

Ahí “usa tu experiencia” deja de ser una respuesta.

Tu experiencia puede ser una ventaja. Pero no por el simple hecho de tenerla

Los años de trabajo dejan muchas cosas.

Conocimientos técnicos. Contactos. Procesos que aprendimos a ejecutar. Herramientas que dominamos. Puestos que ocupamos. Proyectos en los que participamos. Equipos que dirigimos.

Algunas siguen teniendo valor.

Otras no.

Hay conocimientos que envejecieron. Procesos que ya no existen. Actividades que hoy realiza un software en segundos. Contactos que estaban relacionados con el puesto y no necesariamente con nosotros. Habilidades que alguna vez fueron escasas y ahora son comunes.

Treinta años de experiencia tampoco garantizan treinta años de aprendizaje.

Es posible hacer durante treinta años versiones ligeramente distintas de algo que aprendimos durante los primeros cinco.

Pero también puede haber ocurrido algo mucho más interesante.

Quizá después de equivocarte varias veces aprendiste a detectar una señal que antes ignorabas.

Descubriste que ciertos problemas que parecen iguales tienen una pequeña diferencia que cambia completamente la solución.

Dejaste de confiar ciegamente en determinado indicador.

Aprendiste qué preguntar antes de aceptar un proyecto.

Reconoces cuándo falta información.

Sabes dónde suele romperse un proceso.

Has aprendido a desconfiar de explicaciones demasiado sencillas.

Puedes detectar un problema cuando los demás todavía están discutiendo sus síntomas.

Eso también forma parte de tu experiencia.

Sólo que rara vez aparece en un currículum.

Antes de buscar un negocio, busca los problemas que aprendiste a ver

Durante buena parte de mi trayectoria profesional he trabajado con tecnología y sistemas complejos.

Muchas veces me han solicitado desarrollar sistemas transaccionales acompañados de dashboards que mostrarán “en tiempo real” lo que está sucediendo.

La justificación suele ser impecable:

“Así podremos tomar decisiones”.

Técnicamente, el dashboard puede funcionar perfectamente.

Los datos se actualizan. Los indicadores cambian. Las gráficas tienen colores. La información está ahí las veinticuatro horas del día.

Después ocurre algo curioso.

Las personas se acostumbran a verlo.

Lo que inicialmente parecía dinámico termina formando parte del paisaje. Algo parecido a una diapositiva fija que permanece abierta todos los días.

Entonces llega el momento para el que supuestamente fue construido el sistema. Algo realmente cambia.

El dashboard lo muestra.

Nadie lo observa.

Con los años comprendí que el problema no consistía solamente en desarrollar mejores dashboards.

Había una pregunta anterior:

¿Qué decisión concreta esperamos que alguien tome cuando este indicador cambie?

Después aparecen otras.

¿Qué cambio merece atención?

¿Dentro de qué rango no necesitamos hacer nada?

¿Quién debería reaccionar?

¿Cuánto tiempo tiene para hacerlo?

¿Qué información necesita para entender por qué ocurrió?

¿Qué sucede si nadie interviene?

Quizá el cliente no necesitaba otro dashboard.

Quizá necesitaba detectar excepciones, entender su contexto, alertar a la persona adecuada y establecer qué decisión debía tomarse.

El sistema solicitado era una solución.

Todavía faltaba formular el problema.

Esa diferencia no la aprendí estudiando cómo construir una gráfica.

La aprendí viendo durante años lo que ocurre cuando las personas utilizan —o dejan de utilizar— los sistemas que construimos.

Ésa es una clase distinta de experiencia.

Lo que sabes hacer y lo que aprendiste a observar no son lo mismo

Si hubiera hecho un inventario convencional de aquella trayectoria, probablemente habría escrito:

  • desarrollo de sistemas;
  • bases de datos;
  • sistemas transaccionales;
  • integración de información;
  • business intelligence;
  • arquitectura tecnológica.

Todo sería cierto.

Pero faltaría algo.

Por ejemplo:

He aprendido a desconfiar cuando alguien presenta una solución como si fuera el problema.

Eso puede ser mucho más transferible que conocer una herramienta determinada.

Las herramientas cambian. El patrón reaparece.

“Necesitamos un dashboard.”

“Necesitamos inteligencia artificial.”

“Necesitamos un CRM.”

“Necesitamos automatizar.”

“Necesitamos contratar más vendedores.”

A veces esas afirmaciones conducen a la solución correcta.

Otras veces son soluciones que llegaron antes que el diagnóstico.

Una trayectoria profesional puede haberte dejado conocimientos. También puede haberte enseñado qué mirar, qué preguntar y cuándo no aceptar inmediatamente la primera explicación.

Esa segunda parte es mucho más difícil de inventariar.

También puede ser mucho más valiosa.

En lugar de hacer un inventario de tu experiencia, reconstruye tres problemas

Si estás pensando qué negocio emprender después de los 50, prueba algo diferente.

No empieces haciendo una lista de puestos, conocimientos o habilidades.

Recupera tres problemas difíciles que hayas enfrentado durante tu trayectoria.

No tienen que ser tus mayores éxitos. Incluso pueden ser situaciones que salieron mal.

Para cada una, intenta responder cinco preguntas:

1. ¿Qué parecía estar ocurriendo al principio?

Describe el problema tal como lo entendían cuando apareció.

2. ¿Qué descubriste después?

¿Qué dato, comportamiento, excepción o relación hizo que vieras la situación de otra manera?

3. ¿Qué pregunta cambió tu manera de entender el problema?

No busques todavía la respuesta. Intenta recordar qué hubo que preguntar para empezar a comprender lo que realmente estaba ocurriendo.

4. ¿Qué haces diferente desde entonces?

Busca una transformación en tu manera de observar o actuar, no solamente el resultado de aquel proyecto.

5. ¿Dónde más aparece hoy ese mismo tipo de problema?

Esta última pregunta cambia el ejercicio.

Ya no estás haciendo memoria.

Estás buscando qué produjo tu experiencia que puede seguir teniendo valor fuera del contexto donde la adquiriste.

Hazlo con tres situaciones y compara las respuestas.

Busca patrones.

Quizá descubras que has pasado años aprendiendo algo que nunca habías pensado en poner en tu currículum.

El mejor negocio quizá no aparezca como una idea de negocio

Supongamos que después de revisar varias situaciones descubres algo.

Durante años has aprendido a entrar en operaciones desordenadas y detectar dónde se pierde dinero.

O a negociar entre áreas que persiguen objetivos incompatibles.

O a identificar riesgos antes de que se conviertan en incidentes.

O a explicar cuestiones técnicas a directivos que necesitan decidir sin convertirse en especialistas.

O a distinguir cuáles indicadores realmente anticipan un problema.

Todavía no tienes un negocio.

Pero ya tienes algo mucho más útil que una lista genérica de ideas:

una hipótesis sobre dónde podría estar tu valor.

Ahora hay que ponerla a prueba.

¿Quién tiene actualmente ese problema?

¿Qué hace hoy para resolverlo?

¿Cuánto le cuesta no resolverlo?

¿Necesita esa capacidad todos los días o solamente en determinados momentos?

¿Puedes demostrar que sabes intervenir?

¿Necesitas formar parte de su organización para hacerlo?

Las respuestas pueden llevarte a una consultoría, una función ejecutiva fraccional, una asesoría especializada, capacitación, un diagnóstico, un servicio productizado, un producto digital o una combinación de varias cosas.

Esas son estructuras.

El negocio empieza a aparecer cuando encuentras un problema que alguien necesita resolver y una capacidad tuya que aumenta la probabilidad de resolverlo bien.

Emprender después de los 50 no significa reproducir la empresa de la que vienes

Aquí aparece una ventaja que hace algunos años era mucho menos accesible.

Probablemente no necesitas reproducir la organización en la que construiste tu carrera.

Actividades que antes exigían personal, infraestructura y grandes inversiones hoy pueden apoyarse en software, automatización, plataformas especializadas, metodologías y herramientas de inteligencia artificial.

Una sola persona puede investigar, analizar información, administrar clientes, producir materiales, automatizar tareas y coordinar procesos con una capacidad que hace pocos años habría requerido varias funciones distintas.

Pero tampoco conviene empezar por ahí.

La tecnología puede multiplicar una capacidad.

También puede permitirnos hacer mucho más rápido algo que nadie necesitaba.

Primero hay que descubrir qué vale la pena potenciar.

Utilizada así, la tecnología no sirve para demostrar que sigues siendo moderno ni para competir con alguien de veinticinco años en quién conoce la herramienta más reciente.

Sirve para algo bastante más interesante:

hacer viable con una estructura pequeña algo que antes habría necesitado una organización mayor.

Entonces, ¿qué negocio emprender después de los 50?

Podría darte una lista.

Consultoría. Ecommerce. Capacitación. Productos digitales. Franquicias. Servicios profesionales.

Sería una lista perfectamente razonable.

También sería prácticamente inútil para decidir cuál tiene sentido para ti.

Una mejor oportunidad estará en la intersección de tres cosas:

un problema que alguien necesita resolver;

una capacidad que tu trayectoria realmente haya desarrollado;

una estructura compatible con el riesgo, los recursos y la vida que quieres tener ahora.

Después podremos incorporar tecnología para reducir la estructura necesaria y potenciar aquello que ya demostró tener valor.

Pero el punto de partida no es la herramienta.

Tampoco la lista.

Ni siquiera la experiencia entendida simplemente como número de años trabajados.

El punto de partida consiste en descubrir qué dejaron esos años dentro de tu manera de observar, preguntar, decidir y resolver problemas.

A eso lo llamo Capital Invisible.

No todo el mundo acumula la misma cantidad. No todo lo acumulado conserva su valor. Parte puede haber envejecido y otra parte quizá sólo funcionaba dentro de la organización donde fue adquirida.

Pero puede existir también una parte de tu trayectoria que nunca has considerado un activo precisamente porque llevas tantos años utilizándola que te parece normal.

Tal vez ahí convenga empezar.

Antes de cerrar esta página y volver a buscar ideas de negocio, prueba el ejercicio.

Recupera tres problemas difíciles de tu carrera.

No escribas primero cómo los resolviste.

Escribe:

¿Qué aprendí a ver después de enfrentarme a ellos que antes no era capaz de ver?

La respuesta todavía no será un negocio.

Pero puede ser el primer indicio de algo bastante más valioso que una lista de ideas.

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